¿Quién no ha oído hablar de las calorías? ¿Quién no se ha preguntado cuántas calorías lleva este yogur o aquellas patatas fritas? ¿Quién ha intentado calcular las calorías que ha ingerido en un día? Gordo o delgado, pocos se libran de este tipo de preguntas que, en ciertos casos, pueden ser reflejo de actitudes de riesgo potencial contra nuestra salud.

¿Qué son las calorías?

Valorar si comemos mejor o peor en base a las calorías ingeridas es una simplificación arriesgada. La caloría es una unidad de medida del poder energético del alimento. Por lo tanto, debería llevarnos a una evaluación cuantitativa: obtenemos más o menos energía en función de los alimentos que comemos y eso lo podemos medir en calorías. Pero la consecución de energía es sólo una de las funciones de la nutrición, que para ser adecuada debe contemplar también:

  • la cantidad adecuada de nutrientes no energéticos (vitaminas y minerales) que aseguran el mantenimiento de las funciones vitales de nuestro cuerpo;
  • la cantidad adecuada de fibra, que aunque no es estrictamente un nutriente, sí que desempeña importantes funciones fisiológicas;

De la cantidad a la calidad

Todo ello nos ha de llevar a una visión cualitativa de nuestra alimentación, lo cual no se puede medir sólo con calorías. Es por ello que para reconducir nuestra alimentación de forma sana hemos de tener en cuenta planteamientos cuantitativos coordinadas con planteamientos cualitativos. Así, para medir las necesidades calóricas de un individuo hay que tener en cuenta parámetros como el tipo de esqueleto y constitución física, la edad, el sexo o el tipo de actividades que realiza la persona. Pero también hay que tener en cuenta el equilibrio en la ingestión de nutrientes (carbohidratos, proteínas, grasas, vitaminas, minerales y agua), ya que, por ejemplo, habitualmente es recomendable que entre el 50% y el 60% de la energía ha de venir de los hidratos de carbono, y sobre todo de legumbres, verduras y frutas (ver aquí cómo debe ser una alimentación equilibrada).

Sin embargo, al querer adelgazar se puede tender a dar más importancia a factores cuantitativos que a cualitativos. Y esto unido a tendencias obsesivas por el físico, que tan importante resulta estéticamente en nuestra sociedad, nos conduce a generar actitudes de riesgo hacia nuestra salud. La persona que tiene el hábito constante de contar calorías puede percibir la comida como un factor de riesgo que le hace engordar, en lugar de nutrirle, y si encima va acompañado de una actitud de presión hacia si mismo, presión por mantener el peso ideal, esa persona está ante una actitud de riesgo hacia su salud. Y es que una autopresión de alta escala le puede llevar a trastornos de comportamientos alimenticios como la anorexia o la bulimia, pero en escalas intermedias le puede llevar a estados obsesivos, a una constante insatisfacción, a una baja autoestima, etc.

Escrito por:uranda

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