¿Has adelgazado y no quieres volver a engordar? ¿Quieres estabilizar tu peso? ¿Quieres comer para vivir y no vivir para comer? Todo eso pasa por un cambio de hábitos a la hora de comer, pero teniendo en cuenta que al llevarnos comida a la boca siempre masticamos algo más que el alimento.

Cómo se crean los hábitos alimenticios

Los hábitos son la sistematización de todo un bagaje vital. Por lo tanto, comemos en base a unas estructuras heredadas de nuestro entorno sociocultural, de nuestra familia y de nuestra experiencia personal. Todo eso crea unos mundos simbólicos alrededor de la comida, del placer o no que nos aporta cada plato, y desemboca en la relación que mantenemos con la comida.

Sólo que para ahorrar energía, el cerebro pasa gran parte de esta relación al plano inconsciente. Y así crea nuestros hábitos, que serían la parte visible o, lo que sería lo mismo, el resultado de nuestra relación con la comida y la alimentación (sin cubrir las motivaciones que nos llevan a comer uno cosa u otra).

Si esos hábitos son desequilibrados, se traduce en la estructura de nuestro cuerpo, que sufrirá las consecuencias a través de sobrepeso u obesidad, y/o enfermedades asociadas (ver aquí riesgos del exceso de grasa corporal).

Por lo tanto, hacer dieta puede irnos muy bien para adelgazar y seguro que los conseguiremos. Pero si no se vamos más allá, el cerebro tenderá a recuperar las rutinas que teníamos, y que eran desequilibradas.

Las ventajas de crearse un menú semanal para empezar a cambiar hábitos

Al hacer dieta para adelgazar, además de adecuar la alimentación, lo que hacemos es no dejar espacio a la improvisación. Sabemos en todo momento lo que hemos de comer y, con ello, aunque sea de modo inconsciente, estamos rompiendo con los hábitos alimenticios que teníamos.

Por lo tanto, tras el periodo de adelgazamiento es esencial no dar rienda suelta para que nuestros antiguos hábitos recuperen espacio. Y para ello hay que cortar las alas a la improvisación. Crearnos un menú semanal es el principio. Además de permitirnos generar comidas equilibradas (ver aquí como planificar tus comidas para una alimentación sana), tiene otras ventajas:

  • al ir a comprar, podemos generar una lista con todo aquello que realmente necesitamos (ver aquí consejos para ir al súper y comprar comida sana);
  • al cocinar, nos será más difícil añadir suplementos calóricos, porque ni siquiera los habremos comprado;
  • no tendremos que pensar en qué comer cada día (cayendo en la tentación de comer cualquier cosa), porque estará todo planificado.
  • nuestro organismo recibirá los nutrientes necesarios, ayudándonos a controlar la sensación de hambre;
  • como el hambre fisiológica estará controlada, podremos detectar mejor episodios de hambre emocional (ver aquí) y reconducirlos;
  • aunque tengamos episodios de hambre emocional, picar entre comidas se verá limitado a aquello que hayamos comprado, y evitaremos tener tentaciones en casa (ver aquí cómo combatir la tentación de picar).

Al principio, para cambiar hábitos, hay que romper con los antiguos con cierto ejercicio de la fuerza de voluntad. Pero la fuerza de voluntad no puede ser el único motor de cambio (ver aquí por qué la fuerza de voluntad cansa). Por ello hay que concebir el menú como base de una experimentación e irlo amoldando a nuestros gustos. Así, por ejemplo, si no podemos renunciar al pan, hay que incluirlo de manera equilibrada como base energética cuando lo comamos, pero no como complemento; si nos gustan los sabores fuertes, en lugar de crearlos a través de grasas, experimentemos con las especias, etc. Esta experimentación y el reajuste de los menús semanales en busca del equilibrio entre el valor nutritivo de nuestras comidas y nuestros gustos irá generando nuevas rutinas, nuevos hábitos.

Una buena manera de empezar con todo ello puede ser recurrir a una persona profesional de la nutrición que nos ayude a acoplar estos gustos de forma equilibrada. Pero siempre teniendo en cuenta que la responsabilidad sobre nuestros hábitos alimenticios es nuestra, no de un tercero.

¿Y los caprichos?

Hay que incorporarlos, claro que sí. Pero en un inicio, también de manera planificada. Y así, si queremos beber vino en una comida, bebamos una copa y no una botella; si queremos chocolate, una onza y no la tableta, etc. Pero lo importante es, sobre todo, preguntarnos si podemos pasar sin ese capricho y, en caso negativo, por qué. ¿Acaso refleja alguna carencia en nuestra vida? Porque si es así, para hacerlo manejable y no acabar un día con toda la tableta de chocolate, igual hay que incidir en la causa real. Como decíamos al principio, el placer o no ante ciertos alimentos está ligado a aspectos psicológicos, emocionales y del entorno social y cultural y, el cómo se estructuran también se puede y se debe cambiar para afianzar nuevos hábitos más saludables.

Escrito por:uranda

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