El hambre emocional nos puede impulsar a comer de forma compulsiva, favoreciendo la obesidad, y también sentimientos negativos hacia nosotros mismos. Pero el hambre emocional se puede frenar. ¿Cómo? He aquí algunos pasos clave

Reconocer el problema

El hambre emocional opera a partir de un estado anímico que funciona como desencadenante (ver aquí cómo reconocer el hambre emocional). Reconocer cómo funciona es el primer paso para poner freno. Y a la vez, tenemos que hacer un ejercicio de sinceridad para reconocer que hay necesidades emocionales insatisfechas que nos impulsan a comer, sin escondernos detrás de explicaciones superficiales.

Ni juzgarte ni cargarte de culpa

Es importante que al reconocer el problema no nos juzguemos a nosotros mismos, sino que lo veamos como un hecho, pues ante un hecho podemos interponer otros que generen una solución. Esto nos ayudará a suavizar la culpa que se produce tras satisfacer el hambre emocional. Y es que, debemos ver cada episodio de la misma como una oportunidad de observarnos a nosotros mismos, ya que sin ello no podremos abordar las soluciones. Intentar luchar contra el hambre emocional con sentimientos de culpa o remordimiento sólo la agudizará.

No tengas miedo a profundizar

Estrés, ansiedad… son fáciles de identificar. Pero ¿qué los provoca? Es recomendable hacer un ejercicio de sinceridad con uno mismo, sin buscar explicaciones superficiales para el estado que nos lleva a comer, sino profundizando en las emociones y aquello que las ha generado como puerta de entrada para solucionar el problema. Cuando podamos reconocer las  emociones y necesidades reales, podremos empezar a satisfacerlas de modo real, sin emplear la comida como un espejismo de satisfacción inmediata.

Entre tanto, rompe el ciclo

El hambre emocional nos impulsa a comer determinados alimentos, en general poco recomendables para nuestra salud (ver aquí ¿Qué se come cuando se tiene hambre emocional? Los alimentos consuelo). Reconocer qué alimentos nos funcionan como consuelo nos ayudará a reconocer el hambre emocional. Pero también nos puede ayudar a romper el ciclo, permitiéndonos abordar el proceso de observar nuestras emociones sin culpabilidad ni remordimiento. Así, cuando aparezca en nuestra mente la necesidad imperiosa de consumir determinados alimentos, podremos frenar y probar a buscar alternativas que producen endorfinas y serotonina, como el ejercicio suave (un paseo, yoga, etc), que atenúan el estrés, la ansiedad, la tristeza, etc.

Y crea unos hábitos alimenticios ordenados

Realizar las cinco ingestas diarias (tres comidas principales y dos snaks) y tenerlas planficadas, ayuda a prevenir los excesos (ver aquí cómo planificar tus comidas). A su vez, comer de forma saludable, al contrario de lo que sucede con el hambre emocional, nos hace sentir con energía y mejor humor, fomentando la satisfacción con uno mismo, reforzando la autoestima y la percepción de nuestro cuerpo.

Y aun aplicando todo esto, siempre hay que tener en cuenta una cosa: no tenemos por qué abordar este proceso solos, sino que un psiconutricionista nos puede guiar y acompañar.

Escrito por:uranda

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