Sin síntomas no hay enfermedad. Y si no estamos enfermos es que estamos sanos. Esto puede parecer obvio. Pero, ¿seguro que estas dos afirmaciones relacionadas son ciertas? Hoy día sabemos que los hábitos alimenticios desequilibrados pueden generar ciertas enfermedades silenciosas, y aún así, un alto porcentaje de personas diagnosticadas no sigue las recomendaciones de los especialistas. ¿Por qué? En el concepto que tenemos de salud radica la clave.

¿Qué son las enfermedades silenciosas?

Diabetes del tipo 2, hipertensión, colesterol alto… Sabemos que son enfermedades que se padecen en mayor proporción entre personas con sobrepeso y obesidad (ver aquí riesgos del exceso de grasa corporal) y que, por lo tanto, están absolutamente ligadas con nuestros hábitos alimenticios.

Pero las llamamos enfermedades silenciosas porque tienen un componente en común: mientras se desarrollan, no nos duele nada, no hay tos, no hay fiebre… Es decir, no nos molestan. Y esto implica que, sin analíticas de por medio, no se diagnostican, aunque siguen operando en nuestro organismo. E incluso, una vez diagnosticadas, es fácil que el paciente las conciba como un desajuste del organismo más que como una enfermedad. Con lo cual, uno se toma la pastilla de turno para regular ese desajuste y sigue con los hábitos que facilitaron su desarrollo, porque total, eso de comer sin sal, en verdad, es un fastidio, una exageración de los médicos, ¿no?

Pero aún con la pastilla, dichas enfermedades siguen ahí, a lo suyo, operando en el organismo, y muchos pacientes no se conciben a sí mismos como enfermos hasta que hay una pérdida de vista o se pierde una pierna o se padece un ictus o una angina de pecho. Pero todo esto son complicaciones derivadas de esas enfermedades silenciosas. Y aunque en muchos casos también se sabe, ¿por qué cuesta tanto prevenir más allá de la pastilla, cambiando de hábitos?

El concepto de salud, ¿es externo a nosotros?

Un concepto muy arraigado de salud es la ausencia de enfermedad. Y como la enfermedad no es algo propio del cuerpo sano, nos parece algo externo y a menudo implica que se mida la salud a través de elementos o factores externos: entendemos los síntomas como manifestaciones externas de algo que funciona mal en nuestro cuerpo; esos síntomas a menudo los crea un agente patógeno que ha entrado en nuestro organismo; las analíticas convierten procesos internos en datos externos; los médicos son personas externas a nosotros mismos que procesan toda esa información y diagnostican… Y claro, si todo es tan externo, parece que lo lógico sería que algo externo nos cure. Nos pasa con el jarabe para la tos, ¿por qué no va a pasar con la pastilla para el colesterol o la insulina para la diabetes?

Excepto en casos genéticos o enfermedades autoinmunes, por ejemplo, la mayoría de veces sí que es cierto que la enfermedad no es propia del cuerpo. Este busca el equilibrio, esta diseñado para ello. Y en estos casos, es cierto que los agentes externos son los que generan enfermedad. Pero los agentes patógenos son organismos vivos que entran por si mismos en nuestro cuerpo, porque es para que lo que están diseñados; y la comida también es un agente externo a nosotros, pero no decide ella entrar por nuestra boca nuestro cuerpo, sino que eso lo decidimos y lo ejecutamos nosotros mismos. Y en ese nosotros mismos donde el concepto de salud como algo externo nos pone una venda enorme en los ojos. Incluso se puede llegar a la conclusión que el exceso de sal, azúcares o grasas no enferma, pero son la sal, los azúcares y las grasas los malos, obviando quién los introduce en nuestra boca.

La salud más allá de la ausencia de enfermedad

Es decir, la salud entendida como ausencia de enfermedad, al final, nos resulta muy cómoda porque elude nuestra propia responsabilidad sobre nuestra salud. Sin embargo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud es el “estado de completo bienestar físico, mental y social, y no la simple ausencia de enfermedad o incapacidad”.

Y en este sentido, la salud ya resulta algo más íntimo. Porque aunque parte de ese bienestar sigue reflejándose en las analíticas, estas no la definen. En la medida en que están incluidos aspectos mentales y sociales, en la buena salud se incluye el cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo. Y además, relaciona e interconecta los tres aspectos (físico, mental y social), de modo que unos influyen sobre los otros y el desequilibrio sobre uno, puede desestabilizar a los otros.

Desde este concepto de salud es más fácil concebir una enfermedad silenciosa como tal, como enfermedad. Y es más fácil asumir nuestra responsabilidad sobre la misma. Porque asumir esa responsabilidad es imprescindible para ejecutar cambios de hábitos alimenticios como parte del tratamiento: grasas y azúcares no son malas de por sí, tienen una función en nuestro cuerpo, pero el exceso en su consumo sí que es malo, y somos nosotros quienes decidimos cuánto consumimos.

Escrito por:uranda

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