Los símbolos son codificaciones de conceptos morales, intelectuales y emocionales que se forman y evolucionan a la largo de nuestra experiencia vital. Y la comida está repleta de ellos, de modo que desde el inconsciente intervienen en nuestra relación con la comida y en última instancia, en las actitudes y hábitos que definen nuestra manera de comer. ¿Cómo?

Cómo se forman los mundos simbólicos

Como individuos, nos relacionamos con el mundo a través de nuestros sentidos de percepción: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Y así, nuestro entorno, lo que solemos llamar realidad, se transforma en un cúmulo de estímulos que nuestros sentidos captan como si fueran antenas de radio. Una vez captados, pasan a nuestro cerebro, que los procesa, como si fuera el transistor. Pero al procesarlos, el cerebro los interpreta, de modo que no guardamos en nuestra memoria “la realidad”, sino una interpretación, nuestra interpretación de la realidad.

¿Y qué utiliza para interpretarlos? El propio estímulo, pero también nuestra experiencia previa. Es decir, en la interpretación de una “realidad” concreta, también intervienen los estímulos e interpretaciones de los mismos que hemos ido registrando desde nuestra más tierna infancia y a partir de fuentes diversas. Así, esa red de interpretaciones pueden convertirse a menudo en símbolos.

Los símbolos son imágenes, figuras con las que codificamos conceptos morales, intelectuales y emocionales. Y al ser imágenes, agilizan nuestra relación con nuestro entorno, ya que no hacen que sea necesario ser conscientes de toda la red de interpretaciones, sino directamente del símbolo.

Por ejemplo, ligado a la comida, un símbolo podría ser el pastel de cumpleaños. Tenemos claro que es un símbolo de celebración. Pero nos hará más o menos ilusión, lo encontraremos más o menos imprescindible en una celebración, etc., en función cómo hayan sido los cumpleaños celebrados a lo largo de nuestra vida. Y eso genera nuestro propio mundo simbólico en relación al pastel de cumpleaños.

Desde el inconsciente para ahorrarnos energía

Como decíamos, el símbolo facilita que no sea necesario ser conscientes de toda la red de interpretaciones que lo conforman. Y eso es una manera que tiene el cerebro de ahorrar energía al organismo. No es que esa red de interpretaciones no esté, sino que queda guardada en el inconsciente para automatizar y agilizar.

De la misma forma, a lo largo de nuestra vida, vamos acumulando muchos mundos simbólicos interconectados entre sí, y también en red. Y también para agilizar, acaban registrados en el inconsciente. Así, las reacciones ante ciertos estímulos pueden ser más rápidas.

Así, pongamos por ejemplo que tengo ansiedad y esto me produce un episodio de hambre emocional (ver aquí que es). Así que para calmarme, me voy directamente a buscar un trozo de chocolate (ver aquí alimentos consuelo). Hay unos elementos físicos que fomentan que busque el chocolate: los alimentos altos en azúcares y/o grasas activan los centros del placer de nuestro cerebro, generando satisfacción. Pero ¿por qué precisamente chocolate y no una magdalena, que también tiene azúcares y grasas? Ahí están entrando en juego, desde le inconsciente, los mundos simbólicos: ¿me daban chocolate como premio durante mi infancia? ¿me lo tenía reservado mi abuela cuando iba a visitarla y era una muestra de afecto por su parte?

De los hábitos alimenticios a nuestra actitud ante la comida

Así, los mundos simbólicos desde el inconsciente agilizan interacciones y reacciones ante la comida. Pero el cerebro no se queda ahí: sigue buscando el ahorro energético. Y por eso, también tiende a agilizar esas interacciones automatizándolas en forma de hábito. De hecho, el diccionario de la Real Academia Española define hábito como el “modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes”. Así que puedo acabar comiendo chocolate como un hábito de media tarde, por ejemplo, sin ser siquiera consciente de que es una respuesta ante un sentimiento de ansiedad.

Así pues, nuestros hábitos alimenticios surgen de una intrincada red de mundos simbólicos que fluye y evoluciona con nuestra experiencia personal. Y a su vez, estos hábitos son el reflejo de nuestra actitud ante la comida. Si volvemos al diccionario, la actitud es la “disposición de ánimo manifestada de algún modo”. Y en este caso, esa manifestación es la relación que tenemos con la comida.

Pero la buena noticia es que hemos dicho que esa red de mundos simbólicos fluye y evoluciona. No es estática. Cambia. El caso es que tomar las riendas y hacerla fluir en la dirección que deseemos nosotros. Dicho así suena fácil, pero es un camino largo, es una camino de autoconocimiento. Sin embargo, si nuestra relación con la comida nos lleva a unos hábitos de alimentación que perjudican nuestra salud, nuestra autoestima, etc., pretender cambiar los automatismos que implican los hábitos sin profundizar no nos llevará a un cambio efectivo, real y estable. Y el primer paso para ese cambio es querer cambiar, aunque nos tengamos que enfrentar a nosotros mismos.

Escrito por:uranda

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